La buena crisis: hacia un mundo postmaterialista (Jordi Pigem)

La buena crisisEl primer libro que he leído este año es La buena crisis: hacia un mundo postmaterialista, de Jordi Pigem. Vi a Pigem hace pocos días en el programa Singulars y su discurso me pareció muy bueno y necesario, así que compré el libro que he citado y que es solo uno de los que ha publicado.

El video del programa Singulars lo podéis ver aquí, si os interesa:

http://www.tv3.cat/ria/players/3ac/evp/Main.swfEn el libro habla más o menos de lo mismo que en el programa, pero de forma más desarrollada. En síntesis: o cambiamos el modelo de vida basado en el más y más y todavía más o ya podemos ir tirando todos en fila india hacia el cementerio.

Creo que tiene razón y mi percepción es que muchas cosas se están moviendo en ese sentido, al menos a nivel raso (en altas esferas siguen en la tarea de exprimir hasta la última gota de leche de la teta especulativa). Pero como digo, en mi nivel y desde que estoy trabajando en 511ideas veo mucho movimiento (quizá es que experimento el típico fenómeno de cuando esperas un hijo: de repente a tu alrededor ves millones de mujeres embarazadas y te da la sensación de que todo el mundo ha elegido el mismo momento para reproducirse).

Durante la lectura subrayé bastantes pasajes. Por si interesa dejó aquí debajo algunos de ellos (son párrafos sueltos, pero siguen el orden del libro)… sirva de extracto que mejora mi resumen sucinto 🙂

No menos grave que la crisis del sistema económico es el colapso de las teorías económicas convencionales, que se han visto completamente desbordadas por la realidad. Los dioses que adorábamos resultaron ser falsos. Aunque nos empeñemos, por inercia, en seguir dando crédito a los mismos métodos y a los mismos expertos.

Hay una burbuja mucho más antigua y mucho mayor que la burbuja financiera y que la burbuja inmobiliaria. Es la burbuja cognitiva: la burbuja en la que flota la visión economicista del mundo; la creencia en la economía como un sistema puramente cuantificable, abstracto y autosuficiente, independiente tanto de la biosfera que la alberga como de las inquietudes humanas que la nutren. En este sentido, la crisis del sistema económico tiene su origen en una crisis de percepción. La solución a la crisis económica no puede ser sólo económica.

Como afirma Edgar Morin en un texto reciente, «antes de que se produzca una transformación, antes de la aparición de un nuevo sistema, no puede concebirse ni definirse». O como decía Heráclito hace veinticinco siglos: «quien no espera lo inesperado no lo encontrará, pues es inescrutable y no hay caminos que lleven allí»

En 1900 sólo el 10% de la población mundial era población urbana. En 1950 la proporción llegaba al 29%, en 2000 al 46,6% y en 2008 se cruzó el umbral que deja a lo rural en minoría. Pero la ciudad sólo tiene sentido en relación a un Hinterland rural que la provee de agua, alimentos, materias primas y energía. Occidente se urbanizó a costa de exportar ese Hinterland rural a los campos y minas de las colonias. No todo el orbe puede ser urbe. ¿Hasta dónde es sostenible la urbanización de la humanidad?

Según datos recogidos por la New Economics Foundation, en 2004 el Reino Unido importó de Alemania 1,5 millones de kilos de patatas, a la vez que exportó a Alemania precisamente también 1,5 millones de kilos de patatas. Importó de Francia 10,2 millones de kilos de leche y nata –y exportó a Francia 9,9 millones de kilos de leche y nata. En ese mismo año el Reino Unido importó 17,2 millones de kilos de galletas recubiertas de chocolate –y exportó 17,6 millones de kilos del mismo tipo de galletas. Importó cerveza por valor de 310 millones de libras esterlinas, y exportó cerveza por valor de 313 millones de libras. El Reino Unido en 2004 también importó 44.000 toneladas de porciones de pollo deshuesado y congelado, a la vez que exportaba 51.000 toneladas de porciones de pollo deshuesado y congelado. Estos datos pueden ser buenos para el comercio, pero no lo son necesariamente para las personas ni, desde luego, para el planeta.

Un mundo sostenible deberá basarse en la producción ecológica y local de alimentos, materiales y energía, en vez de importar a gran escala bienes que pueden producirse a nivel local.

Si toda la humanidad viviera como los españoles, necesitaría los recursos de dos Tierras y media; si viviera como los luxemburgueses, necesitaría casi cinco Tierras. La factura por este desequilibrio la pagan la naturaleza y el Tercer Mundo, y si nada cambia la pagarán, multiplicada, nuestros nietos.

La clave, como señala Latouche, radica en «descolonizar nuestro imaginario», dejar de creer en el crecimiento material como panacea. Se trata de prescindir del crecimiento como quien prescinde de una religión que dejó de tener sentido.

Una economía sana estaría reinsertada en la sociedad y en el medio ambiente, y cada actividad económica (incluido el transporte) tendría que responsabilizarse de sus costes sociales y ecológicos.

El materialismo como visión del mundo conduce al materialismo como acumulación de posesiones

Nuestra manera de entender el mundo refleja cómo nos entendemos a nosotros mismos. Un mismo lugar visto con ojos de poeta, de biólogo, de empresario o de ingeniero origina visiones muy distintas. La percepción de un paisaje es un retrato de aquel lugar y, a la vez, un pequeño autorretrato de la persona que lo percibe.

El círculo vicioso del materialismo genera egoísmo y competición. Ve el mundo y a los demás como objetos de explotación o rivales. Corre aceleradamente hacia el futuro, con una carga de culpas y preocupaciones. Y en su centro anida el miedo. El círculo virtuoso del postmaterialismo genera altruismo y cooperación. Ve el mundo como algo asombroso, un lugar para crear y celebrar. Camina agradecido en el presente. Y en su corazón anida el amor y el gozo de vivir.

No hay garantía de que esta sexta extinción no hubiera de acabar también con nosotros. Porque la continuidad de la vida humana implica la continuidad de la vida silvestre.

Un mundo sostenible es aquel que permite satisfacer las necesidades de las generaciones actuales sin mermar la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades.

Hoy la inteligencia dura y calculadora ya no se considera la quintaesencia de lo humano –al fin y al cabo, los ordenadores nos ganan al ajedrez. En cambio, la intuición y otras formas de inteligencia empiezan a revalorizarse.

Nuestras interacciones cotidianas con compañeros, colegas, vecinos y parientes no se quedan flotando en el vaporoso nivel de las emociones, sino que dejan huellas tangibles en nuestro cerebro y en nuestra biología. Las emociones se contagian y se reflejan en nuestra química interna: unas nos nutren, otras son literalmente tóxicas. No estamos solos. Nuestras emociones son como olas de un mar que compartimos con quienes nos rodean. Y cuanto más tiempo compartimos con alguien, más esa persona nos influye, a nivel psicológico, biológico y físico. No es que evolucionemos paralelamente con nuestras parejas y compañeros, sino que coevolucionamos con ellos, como coevolucionan los elementos integrados en un ecosistema.

La racionalidad es sólo la punta del iceberg en un océano de cognición prelingüística, afectiva y emotiva. Como señala el cirujano Mario Alonso Puig, «lo que el corazón quiere sentir, la mente se lo acaba mostrando».

Como escribe Wendell Berry, la mente es en todo caso la suma de diversos elementos: «cerebro + cuerpo + mundo + lugar + comunidad + historia».

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